
Metro milagrosamente vacío
No podrán negarme que viajar en metro es todo un aprendizaje tanto cultural como científico. Entre tanto empujón y pérdida del espacio vital aprendes hasta leyes de la Física como: la inercia y la fuerza (cuando se frena repentina y bruscamente), o la velocidad (con la que debes subir o bajar del tren entre todos los que están encima de ti). También aprendes Administración al calcular el tiempo que tardas en llegar a tu destino y prevenir cualquier tipo de situación que se pueda presentar en el camino como el típico “debido a la lluvia la circulación será lenta, gracias”.
Pero hoy no es día de quejas. Después de dos años de pasar tres horas diarias por este ajetreo, me di cuenta de que el metro no es sólo una maquina que nos lleva y nos trae sino que es el lugar de muchas historias… ahora sí que “el metro lo hacemos nosotros”.
¿De qué habla la gente en el metro?
Les contare una anécdota que marcó mi manera de pensar sobre lo que habla la gente en el metro. Recuerdo que una vez de regreso a casa, se subieron dos señoras como de sesenta años y se sentaron a un lado mío. Empezaron a platicar y sin querer (ya después hablaré de los “chismosos” del metro) escuché algo así:
-Ay si es horrible cuando se te olvidan las cosas. También cuando vas a la cocina por ejemplo y ya no te acuerdas que ibas a hacer- dijo una de ellas.
-Sí, como que te invade la desesperación y luego cuando andas en la calle y ya no sabes para donde ibas ni donde estas!- respondió la otra. En este momento yo pensé “dios mío! Eso si ya es un problema grave” pero faltaba lo peor.
-No me va a creer usted pero por eso yo ya siempre cargo con mi celular, que ni me gusta esta cochinada, pero fíjese que el otro día iba yo para no sé dónde y me subí al metro, pasamos como seis estaciones y de repente yo ya no supe para donde iba, no podía acordarme. En eso llegamos a la última estación y me tuve que bajar, ahí en Cuatro Caminos, entonces empecé a tratar de recordar en donde vivía y nada… tenía mucho miedo y como nadie me ayudaba me puse a llorar y llorar, pero pues eso no me iba a ayudar en nada. Decidí tranquilizarme, respire profundo y me subí otra vez al metro… y ya llegue a mi casa.”- la conversación tuvo que ser interrumpida porque una de ellas bajaba en la estación siguiente.
Después de haber escuchado esta conversación sobre la evidente pérdida de memoria de las señoras, me quedó claro de que la gente en el metro, puede hablar de lo que sea. Me ha tocado escuchar que hablan de fiestas, de problemas familiares, de negocios, etc. Claro que también depende de con quién vayas acompañado y de tu forma de vida e intereses y en fin, todo eso que define a cada persona, pero de que hay infinidad de temas, los hay.
Pasemos a hablar de “El chismoso”
Cuando viajas en metro sólo te subes, te sientas (si hay lugar) y, cuando llegas a tu destino, te vas; es un completo estado ocioso. Así como la gente habla, también escucha y es muy probable que en un espacio tan pequeño y tan “de uso común” alguno que otro quiera escuchar de lo que hablas y algunos hasta se ponen de curiosos a ver lo que haces y bueno no digo de los olores porque ese es un tema muy fuerte hablando del metro jaja.
Algunos lo hacen por mero entretenimiento pero hay algunos otros, entre el ocio, sus malestares y problemas personales se dejan llevar y terminan criticando al vecino: que si ya se puso los audífonos para no “mezclarse” con los demás, que si está mal sentado, que si habla de sexo o de política (que si esta en lo correcto), etc.
Como nunca faltan los problemas y malestares, nunca faltara un “chismoso” en el metro.
“El amigable”
Existe un tipo de “chismoso” que no es precisamente chismoso. Es esa persona que te escucha y hasta se atreve a comentarte algo sobre lo que estás diciendo. Ese sería un caso de “el amigable”.
Generalizando, es esa persona que sin conocerte hace contacto contigo de alguna manera. Puede ser desde una sonrisa hasta el anciano que te echa su discurso de “ahora ya no los hacen como antes”, o te echa la frase pegadora-reflexiva de “hay que aprovechar las oportunidades de la vida”.
Ahora que recuerdo, precisamente el lunes pasado, en camino a la escuela, llegue al andén y mientras esperaba el tren, llego un policía de esos muy bien uniformaditos de aproximadamente cuarenta y cinco años; extrañamente se asomo para ver si venía y, apenas vio las luces delanteras, se echó para atrás y me dijo “ahí viene la limusina”, no supe que decir y sólo sonreí. Las puertas se abrieron, me subí y él se quedo ahí. He ahí una prueba de la existencia de este personaje: “el amigable”.
Por último quiero hablar de “el estafador”
Lamentablemente existe, desde los tiempos más remotos jaja, desde los inicios del metro y supongo que seguirá existiendo hasta que la gente ya no viaje en metro sino en autos voladores ja. Son esas personas que te interceptan antes de entrar al metro y te echan el cuento de:
-discúlpeme las molestias pero me acaban de asaltar y necesito llegar a mi casa, sólo me hace falta un peso para el boleto del metro (o para el camión), no tendrá usted que me regale una moneda?- Tú, muy bondadoso le obsequias hasta dos o tres pesos!!
Después de una larga sesión de agradecimientos, vuelves a ponerte en marcha hacia tu destino, pero oh sorpresa! Volteas para cerciorarte a donde irá a parar tu dinero y descubres que no se ha movido de ahí, al contrario, sigue estafando a los demás.
Ojo! No estoy hablando de los “carteristas”, eso es otro asunto que prefiero no mencionar, porque aunque no lo crean, ya he sido víctima de estos.
…para mí, el metro ya no es solo un medio de transporte.
“El metro. Subtierra de mucho y para todos.”